Alegoría de la naranja, el labrador currante y el abono

¿Cuál es la fuerza, la necesidad o el deseo que nos impulsa a querer cuando el amor puede ser una rémora? Tal vez una mezcla de esos tres factores, en igualdad de condiciones: al 33,3333… O quizá sea otra cosa: la voluntad de regirse por cánones preestablecidos, sin que sepamos muy bien si es o no lo que demanda nuestra santa voluntad.
Lo cierto es que no resulta fácil. Casi nunca. Querer, a priori, es un buen lío. También lo es parir, o hipotecarse a treinta años. Porque el amor de pareja podría estar muy bien cuando se va de adolescente por la vida, etapa en que uno quiere parecer mayor y sueña con pegarse el lote por las esquinas. También en la tercera edad, pues resulta el mejor antídoto contra el silencio más vacío. Pero ahí en medio, durante la edad plena, cuando se tiene salud, trabajo, un poco de dinero, amigos… ¿Qué aporta? ¿Por qué meterse en berenjenales? ¿Para qué dedicar tiempo y recursos, para qué tener que dar explicaciones o ampliar los círculos?
Yo no tengo una respuesta para una cuestión tan pragmática… pero aquí estoy. ¿Por qué? No lo sé. Quizá porque siempre fui un idealista ;-) ¿No será miedo a la soledad? Tal vez. ¿Deseo sexual? Umm… eso, seguro que sí ;-) ¿Orden en la vida? ¿¿¿Más todavía??? Ehhhh… ¿flechazo? Pues un poquito, también, claro que sí… Pero hay cosas que no se pueden explicitar así, claramente. Ni tampoco ponerse en negro sobre blanco: una mirada, un gesto, un instante… No sé, será eso que denominan amor, y que hace que compensen todas las contrariedades. O, al menos, muchas de ellas.
Además, creo que siempre conviene distinguir los detonantes -todas esas cosillas que en un momento te impulsan al compromiso- de la experiencia acumulada tras un periodo intenso de conocimiento mutuo, de vivencias compartidas. Porque el tiempo pasa, y como en la vida misma, la belleza del azahar cede el testigo a una naranja más o menos lustrosa: son los frutos, mucho más importantes porque, como dicen las maris, “de lo bonito no se come”.
Pues bien: Chema y yo cumplimos ayer seis añitos juntos. Si hubiéramos nacido aquel 28 de octubre de 2002, hoy podría ser nuestro primer día de cole. Y en todo este tiempo, hemos recogido unas cuantas naranjas de ésas a las que aludía más arriba. Bastantes, creo. Y es verdad que, cuando las ponemos en una cesta, algunas se pudren: tal vez porque la abundancia las aplasta, o porque hace calor y esas cosas pasan, o porque estaban colonizadas por un gusano que no dejaba evidencias externas.
Sin embargo, quedan más. Seis años después, las ramas siguen dando frutos, cada vez más maduros, cada vez más sabrosos… aunque ya no le pedimos peras al olmo. Es decir, al naranjo. Vamos acumulando experiencia, y aprendemos que el amor maduro es como una buena naranja: nutritiva, rica… pero sin sabor a fresa. Ni tampoco a yogur. Es lo que es, pero será lustrosa y tendrá más aroma y sabor si se abona correctamente. De lo contrario, se pudre y cae al suelo. No fertiliza, de ahí no brota vida. Es lo que es.
Por eso todos los emparejados debemos tener algo de labradores… y, desde luego, espíritu de currantes, porque una relación hay que currársela día tras día. ¡Y mucho! Aun así, ¿compensa? Yo creo que sí, y por eso espero que mi vida con Chema vaya cada vez mejor y que pasemos… pues al menos, sesenta veces seis años juntos :-P Puede que algunos piensen que son decisiones trasnochadas, que es otra cosa lo que se lleva, o que soy un masoca. Y puede ser. Aunque también puede ser que, sencillamente, quiera a este chico por encima de un millón de cosas. Alegorías aparte.
Feliz sexto aniversario, vida.