Mol, life and so on

miércoles, enero 18, 2012

Alegorías




Amanecía. Los cristales de la ventana lloraban un llanto incesante, producto del contraste entre la temperatura exterior, gélida, y el calor que desprendían nuestros cuerpos. La bóveda celeste, en tonos violetas, y las estrellas desperdigadas como el maíz de un gallinero anunciaban la inminencia del astro rey, sin interferencias en forma de cirros o cúmulos. Nada de nada, como mi pensamiento en ese mismo instante. Los ojos, recién abiertos, oteaban el exterior con alegría, con esperanza. Poco a poco fui tocando las distintas zonas de mi cuerpo, en una caricia constante, para constatar que además de desnudo, estaba vivo. Lleno de la sensibilidad que siempre tuvo. Nalgas, muslos, vientre, pecho, cuello, labios, cara... Todo en orden, todo en perfecto estado de revista. Sonreí.

Salí de la cama dando un salto heroico, y me calcé un pantalón deportivo, prescindiendo nuevamente de la ropa interior. ¡Qué frío! Mi nueva sudadera azul sirvió para rebajar la piel de gallina, suprimiendo a la vez la erección en los pezones, que volvieron a su cauce. Al estar descalzo, sentía bajo mis pies el frescor de las vigas de madera. Me gustaba. Abrí entonces esa vieja maleta de piel sintética y trabillas pseudorrotas que mis padres compraron veinte años atrás para colocar la ropa de verano cuando íbamos a Chipiona. Un intenso tufo a bolas rancias de alcanfor golpeó mi cara. Cuando bajaba de las alturas del altillo y descendía a suelo mortal, la alegría impregnaba mis ojos: ¡nos marchábamos de vacaciones! Esta vez, la alegría iba a empapar mi alma, que abarca más espacio físico y mental que cualquier parte del cuerpo.

Paré un segundo. Necesitaba recordar dónde había puesto la bolsa de la memoria, confeccionada en tela blanca. ¡Voilà!, sobre la silla del rincón. La cogí... aunque no pude evitar asomarme a su interior por última vez. Allí, agitados como pequeñas hadas lumínicas, se mezclaban entre otras cosas el cacareo del gallo de la Paula, mi salto al interior de aquella gélida poza, el nerviosismo en las clases de alemán de los martes -porque después iba siempre a recogerlo para dormir juntos- o aquella cerveza en el Harrow murciano, regada con las lágrimas del “notequieroperder” mientras sonaba de fondo ‘Chasing cars’. Al ser cada una de un color, convertían el interior de la bolsa en cien arcoíris de tonos tan preciosos como inútiles. Así que, serenamente, arrojé alcanfor en su interior e hice un nudo para evitar que escapase alguno.

Fue el primer objeto que coloqué dentro de mi vieja maleta, no sin cierta reverencia. A continuación rebusqué entre mis pertenencias el resto de las cosas que conformarían ese peculiar equipaje, evitando en todo momento que el ruido le despertara. Saqué de la mochila dos ojos azules, azules, azules. Los miré por última vez, pensando que eran tan bellos como innecesarios; por eso los lancé al interior de la maleta emulando a un jugador de petanca; después, limpié mi mano sobre el pantalón.

A continuación abrí el armario y, no sin cierto esfuerzo, lo saqué a él. “Tú fuiste mucho más que unos ojos”, pensé mientras se escapaban un par de lágrimas. En realidad, lo fue todo. Todo. Observé por última vez sus preciosas curvas, su barbita juvenil, el vello estratégicamente situado y esos labios que me sacaban de quicio. Le di un último abrazo, quería sentir por última vez su aroma perfecto a piel y feromonas. Las lagrimas deslizadas se transformaron en llanto irrefrenable, silencioso, pero necesario. “¡Cuánto me habría gustado que hubieras sido tú!”, balbuceé como pude. Un empujoncito para mover esos 85 kilos, y a la maleta... pensando que siempre, siempre, seguiría enamorado de él.

Seguí con los preparativos. Miré hacia el rincón opuesto, y allí estaba sentado sobre la otra silla del dormitorio. Llevaba puesta mi camiseta publicitaria de la lona de obras catedralicia, y comía chocolate con almendras: “No sé qué hacer contigo”, le dije. Como única respuesta, abrió los ojos muchísimo, puso carilla de pena y empezó a hacer ‘pucheritos’ con los labios. “Vale, quédate”, sentencié, pensando que meterlo a él en la maleta habría sido, en cierto modo, meterme también a mí.

Llegaba el turno de la bolsa de las inseguridades. Era bastante pesada, y yo lo sabía. Sin embargo, ahí no quise mirar. Tampoco poner alcanfor. Las despreciaba. Me limité a colocarla, no sin esfuerzo, en el interior de la maleta: concretamente, entre sus piernas tatuadas.

Y por último, coloqué un popurrí de pequeñas cosas: cinco o seis miradas, un par de libros, mi pesa roja de diez kilos, tres o cuatro recuerdos destructivos, varias fotos e incluso algún post de mi blog. La maleta abultaba, pero me senté encima, igual que en las pelis de humor, y conseguí cerrarla correctamente.

Realizando un pequeño gran esfuerzo, salí de la cabaña y me dirigí con ella al embarcadero. Hacía mucho que no remaba... años, tal vez. Tuve miedo de que el peso pudiera desestabilizar el bote, así que anduve con mucha prudencia, avanzando casi a rastras sobre la superficie acuosa. Giré la cabeza para comprobar lo lejos que quedaba mi mundo actual, y me juré a mí mismo que ése iba a ser el último esfuerzo que hiciera por todas esas rémoras. Cuando alcancé el epicentro del lago, paré. Disfruté un instante del silencio y de los primeros rayos de sol, que no quisieron perderse este momento. Y entonces, haciendo de Atlas por un instante, cogí en peso la maleta y la dejé caer. El agua colándose por las rendijas, y sobre todo el peso, fueron los dos ingredientes necesario para alcanzar mi objetivo. Poco a poco, la maleta se fue hundiendo, hasta que desapareció de mi vista. Dejé de ver los destellos de la bolsa de la memoria cuando dos o tres metros de agua, calculo, separaban mi maleta del mundo exterior, real, oxigenado.

Justo entonces, me quité toda la ropa y, apretando los dientes, salté. Cuando el agua más fría que recuerdo empapó todo mi cuerpo, di un enorme grito de desahogo, y unos cuantos manotazos y patadas. Empecé a nadar desnudo y en círculos sobre el lugar donde mi maleta iba a yacer para siempre: a más de cien metros y a muchos pascales de mi realidad tangible. Tras ridiculizar en grado sumo el legado de Gemma Mengual, subí tiritando a la barca, me escurrí ligeramente con las manos y me coloqué al voleo las dos prendas que llevaba. En cinco minutos concluí el trayecto de vuelta al embarcadero, amarré el pequeño bote tricolor y empecé a caminar de puntillas hacia la cabaña.

Él ya se había despertado, aunque optó por no salir de la cama. La habitación estaba llena de sol. Entré quitándome la ropa. Me sonrió, le guiñé un ojo, y me lancé en plancha sobre su cuerpo. “Estás helado”, me dijo con cara de sorpresa. “Qué va, estoy ardiendo”, respondí entre risas con ironía justo antes de empezar a besar su cara y su cuerpo por todas partes. No preguntó nada, puede que por prudencia. Tampoco yo quise reflotar la maleta, ni siquiera verbalmente. Era mucho mejor sentir bajo mis labios la aspereza de su piel erizada por mor de mis manos, del roce de mi cuerpo y de la acción incesante de mi lengua.

Hora y media de sexo intenso y un café cargado con tostadas de jamón es la manera perfecta de empezar el día. Mientras desayunaba en la cocina, levanté un instante la mirada y clavé mis ojos momentáneamente en la superficie del lago. Todo era un mar de tranquilidad, roto en alguna ocasión por gaviotas que amerizaban como hidroaviones en miniatura. Sonreí de nuevo, e inspiré profundamente antes de morder con fuerza la parte sólida de mi desayuno. “Llevaban razón mis amigos –pensé mientras masticaba- cuando decían que lo mejor de mi vida estaba por llegar”. Así es: lo mejor de la vida es sentir que eres libre y que, por fin, quedan atrás para siempre ciertos lastres. Y esa sensación de libertad, por fortuna, nunca se hunde para siempre...

miércoles, diciembre 21, 2011

¡Amén!




La semana pasada culminó con la festividad más bonita del año: el Día de la Esperanza, que se celebra cada 18 de diciembre. Sé que no soy objetivo, porque Esperanza y Macarena son dos caras de una misma moneda, como arena y huella, hidrógeno y oxígeno, o amor y amor. Sin embargo, y dejando a un lado advocaciones que nos generan debilidad, cierto es que la esperanza es un bien tan escaso como imprescindible. Creo sinceramente que cuando la esperanza flaquea, todo se va al garete, porque es el ingrediente necesario para afrontar los rigores de cada día, que no suelen ser pocos.

Además, la esperanza es como la historia: personal y, al mismo tiempo, colectiva. Hay un compendio de esperanzas individuales, mientras que otras son comunitarias. En lo que a mí respecta, tengo esperanza en seguir manteniendo la ilusión por crecer personal y profesionalmente (es decir, personalmente); en tener siempre muy presente punto de partida, pues lo poco o lo medio-poco que hoy soy y tengo se ha construido desde un vacío considerable; en que los libros y la cultura sigan provocando mi interés, y los palos recibidos no varíen mi concepto sobre el valor de la entrega en el amor.

Por otra parte, la tengo en que de este maremoto que es la crisis salga una economía más sostenible y social, capaz de desplazar los núcleos de decisión y control desde el libre albedrío hacia las autoridades competentes, sean éstas locales, nacionales o transnacionales. También espero que mejore mi entorno socioeconómico, que no cese e incluso se incremente la preocupación por el medio ambiente, los derechos humanos y todas esas inquietudes que cualquier persona de buena voluntad alberga en sus entrañas.

Ahora bien, la esperanza no puede ser un concepto abstracto, filosófico o mucho menos teológico, sino un motor de trabajo y un ingrediente fundamental en nuestra gestión del día a día. ¿De qué se trata? De ponerle valores a la acción, más allá de una mera sarta de decisiones más o menos cotidianas, más o menos relevantes. Sencillamente, de actuar con ganas y creérnoslo: porque la esperanza, en mi opinión, es un aroma que debe impregnar nuestra manera de ver la vida. Si todo lo teñimos de ese color, la sonrisa brota y el brillo se asoma a la mirada.

Ahora sólo nos falta creerlo, asumirlo y decir “¡Amén!”

miércoles, diciembre 07, 2011

Hola, ¿qué tal estás?




Hacía tiempo que no hablábamos. Concretamente, un año. Todavía esbozo una sonrisa al rememorar tus últimas palabras: “¡Chorizo, chorizo!”, fue lo que me pediste al enterarte de que Adrián, Pablo y yo íbamos a esa feria agraria de la Sierra Norte. Querías demostrar que estabas bien, en condiciones de irte a casa y dejar atrás ese moridero llamado San Lázaro. Recuerdo que me preguntabas cómo habías pasado la noche: “Bien”, respondí, pues era cierto. “¿Natural, no?”, apuntillaste, mientras que un servidor aseveraba cabeza arriba y abajo. “Quiero irme a mi casa”, sentenciaste sin saber que la sentencia, la verdadera sentencia, ya estaba dictada. “Alea iacta est”, dijo alguien o algo en las altas esferas, mientras que la tan temida señora afilaba su acero rudo.

Empezó a llover en El Pedroso. Quique dio señales de vida tras varios meses, aunque ya le dejé bien claro que al Dios del Sol nada ni nadie podría hacerle sombra. Me extrañó su resurrección. Nos fuimos corriendo para el coche y, de camino hacia Sevilla, me quedé frito: aquel almuerzo serrano y la noche anterior de guardia junto a tu cama fueron avales más que suficientes para un sueño profundo, profundo. El resto de la tarde estuve descansando.

Al día siguiente, hace hoy justo un año, la voz de la sangre volvió a llamarme. “¡Hostias, no!”, fue lo primero que pensé. Creo que la reconocí. Ese estado de serenidad inmediato que me invadía, esos ojos abiertos como platos, pasar del sueño a la acción en cuestión de segundos, fueron factores que me impulsaron a mirar el reloj: las 04:58 de la madrugada. Minutos después, llamó mi hermano para darme la noticia. Lo que él no sabía, pero yo sí, es que la voz de la sangre ya me la había transmitido justo en el momento en que ocurría. Ni un minuto antes, ni un minuto después. No deja de ser curioso: que pase, por supuesto... pero sobre todo, que yo sepa identificar esa llamada. Llevo alguna otra, como sabes.

Mis sentimientos estuvieron muy encontrados desde el principio. Por una parte, no pude evitar la sensación de alivio, sobre todo por mamá. Por otra, la pena inhumana de haberte visto apagándote como una vela, sin que nadie pudiera hacer algo: sólo calmar el dolor. También había en mí cierta tristeza por la rapidez del desenlace y su carácter inesperado. Y cómo no, estaba esa extraña sensación de que tampoco era para tanto... pese a que, en teoría, se acababa de hundir un pilar de mi vida.

Sólo en teoría, porque no hay que llamarse a engaño: tú y yo no nos quisimos. Tú hipermacho, yo gay. Tú rudo, yo 'fino', como me decías siendo pequeño para reírte de mí. Tú mujeriego, yo cánidamente fiel. Tú sin formación académica, yo con una muy sólida conseguida sin tus bendiciones, aunque sí con tu apoyo económico. Tú distante, yo muy cariñoso. Tú poco familiar, yo también. Tú sintiéndote incomprendido por todos, yo sintiéndomelo por ti. Tú poco involucrado en la vida en pareja, yo dispuesto a dar mi hígado por las dos y media que he tenido. Casi se puede afirmar que nos definíamos por contraposición: si tú alfa, entonces yo omega y viceversa. Mezclarnos era, casi siempre, acercar sodio al agua: origen de violentas reacciones. Reconozcámoslo: éramos incompatibles, y mi vida está surcada por una ristra de hechos que lo demuestran, afortunadamente ya casi todos ellos inertes.

Sin embargo, lo paradójico fue que tu enfermedad nos acercó más que nunca. Para mí no volviste a ser ese hombretón capaz de conducir una hormigonera enorme al que admiraba un Carlitos infante y alegre: pasaron cosas, y sabes cuáles exactamente, que se cargaron el mito cuando aún no tenía edad ni para saber qué era un mito. Pese a ello, durante esas tres semanas largas de agonía hubo respeto en la mirada, incluso cariño. La dignidad humana y los valores están afortunadamente por encima de las vivencias de cada uno.

Además, empezaron a aflorar recuerdos bonitos: aquel viaje a Salamanca, tu inesperada visita al cole de párvulos, aquel día que me llevaste a ver “una iglesia redonda” a Lebrija porque sabías que estaba fatal y pensabas que aquello me animaría... Una cierta gratitud entre un marasmo de espinas. Pétalos que no daban para una rosa, pero era lo único que había. Según me comentaron familiares que te visitaban, en alguna ocasión expresaste lo orgulloso que te sentías de mí: de que fuera el único licenciado de la familia y de que tuviese un buen trabajo “en una mesa”. Al parecer, cuando ya no te quedaban ni migajas de voz, expresabas con palmas tu alegría al saber que era yo quien te acompañaría durante la noche. Y la última que viste el amanecer era Carlos, precisamente, quien estuvo a tu lado. “Me voy a El Pedroso”, te dije al despedirme, antes de ir con mis dos amigos a pasar un bonito día serrano.

Puede que algún día nos volvamos a ver, aunque yo no creo en esas cosas. De ser cierto, aprovecharé para explicarte que el chico de los piercings que me acompañaba cuando llevamos tus cenizas al río era mi novio. Sí, mi novio... y alguien a quien quise más que a mi vida: porque te fuiste sin saber que desde pequeño me molan los tíos. También te explicaré por qué dejé de besarte en la adolescencia, o de llamarte papá cariñosamente: pero es que te lo curraste muy, muy poco. A cambio, tú me cuentas por qué mantenías esa actitud hacia mí, y por qué me miraste durante 37 años con esa mezcla de recelo, envidia y... desprecio, sí. Desprecio. Al final, el acero fúnebre hizo su trabajo, y todo eso saltó por los aires y se esfumó como una hoguera de papeles: sólo permanece lo que hay anclado en mis recuerdos, cada vez más insustancial, irrelevante, etéreo... Vanidad de vanidades, en mejor contexto que nunca. Quedan las buenas acciones, y hasta el recuerdo más intenso se palía con el cronobálsamo.

Espero, no obstante, que la llegada de la tan temida señora te dejara un instante para ver tu vida en perspectiva. Para observar a vista de pájaro tus acciones y actitudes. Es lo que espero también para mí, y creo que es un buen deseo para todos. Al menos, irnos del mundo siendo conscientes de nuestros aciertos y de nuestros errores, pues transitar por este camino creyéndonos ídolos o villanos, perfectos o putrefactos, tiene el mismo sentido que la bicromía radical fuera del tablero de ajedrez. A veces no hay tiempo para entonar un acto de contrición, y la letra del “Yo confieso ante Dios Todopoderoso...” la hemos olvidado todos. Yo también. Pero si al menos, sólo al menos, la laxitud muscular de la muerte desplaza nuestro cuello por la almohada después de tomar esa perspectiva, entonces y sólo entonces nos vamos con una lección aprendida. Es el canto humano del cisne, y el momento en que nuestra esencia más sublime puede cobrar sentido.

Moriste como quisiste vivir: solo. La vida a veces puede ser tremendamente irónica... hasta para dar el portazo a la salida.

Yo, por mi parte, puedo decirte un año después que no te guardo rencor. De verdad que no. E incluso te doy las gracias por ayudarme a definirme: por oposición, pero si tengo claro cómo soy es, en parte, porque he visto muy de cerca cómo no quiero ser. Duro, pero efectivo. Por desgracia, esa irónica vida que antes citaba se ha empeñado en enseñarme lecciones a base de hostias, qué le vamos a hacer. Este año también llevo un par de ellas. Pero las aprendo e interiorizo, y al final es lo que queda. Como las buenas acciones. Como los buenos recuerdos, escasos desde luego, que aún guardo de ti. Y como los malos, a los que cada vez miro más de frente y soy, incluso, capaz de relativizarlos. Será que me voy haciendo mayor... o que para mi desgracia, sigo siendo el mismo niño bueno de siempre. Tú hubieras deseado otro tipo de hijo, pero soy el que soy... y hasta me siento a ratos resignado, a ratos feliz. Te aseguro que yo también habría querido enfocar esta carta de otra manera. Hay cosas que no se pueden elegir, ¿verdad? .

Yo, sin embargo, sí puedo elegir mandarte hoy un beso. Y lo hago porque quiero. Y porque en el fondo, hasta me apetece dártelo...

Descansa en paz, papá.

jueves, noviembre 24, 2011

Psicoterapia (II)



-Puede ser...
-Piénsalo. Al fin y al cabo, tienes muy poca experiencia en este ámbito, y estás viviendo ahora cosas que la gente suele vivir en la adolescencia, o en la post-adolescencia.
-Bueno, es que este mundo es así: está plagado de post-adolescentes. Pero me hago una pregunta: ¿eso no es bueno?
-Pues depende... ¿tú cómo lo evaluarías?
-Mira, te soy sincero. A mí me encantaría dar con alguien que lo viese del mismo modo que yo.
-...
-Es verdad que mis circunstancias han sido peculiares, y que una ruptura a los 36 en una relación tan larga, pues... no sé, es como el caso de los divorciados cuarentones: o se van de fiesta como veinteañeros, o se quedan metidos en casa y reducen mucho su círculo.
-Pero ten en cuenta que es esa inexperiencia, por ejemplo, la que te hace sentir el marasmo que llevas dentro, y la que te impulsa a escuchar canciones. Las canciones le dan forma a algo tan complejo como los sentimientos: hablan de rupturas, de sensaciones, de amores eternos, no correspondidos... Algo muy adolescente, además.
-Todas las personas con las que he estado tienen su canción, o sus canciones. Aunque para mí no son sólo eso. Son momentos que almaceno en mi memoria, vinculados a algo que sonaba, o a una canción de la que hablábamos... Vives un momento feliz, radiante: suena una canción, y se sella a él para siempre.
-Recuerda tú también, y recuérdalo siempre, que entre las canciones y el subconsciente no se cuela nada. Nada. Usando las canciones de ese modo te resultará más difícil olvidar. ¿Nunca has pensado por qué a los niños se les enseñan algunos conceptos con una melodía? Los aprenden más rápidamente. Si piensas en una canción que hayas oído algunas veces, aunque no sepas la letra, de repente aparecerán palabras que figuran en ellas. Adjetivos, conceptos... y si no, haz la prueba. Verás como algunas salen. Las canciones tienen ese poder.
-Sí, es cierto. Eso no te lo puedo negar. ¿Entonces es bueno o malo actuar de ese modo?
-Es bueno porque te ayudan a darle forma a un sentimiento que tiene mucho de nuevo para ti, en el que no tienes mucha experiencia. Pero es malo si te enredas ahí y no dejas que corra el aire. Recuerda lo que te he dicho del sello...
-¿Pero sabes qué es lo que me jode? ¿Lo que verdaderamente me jode de todo esto?
-Dímelo.
-Pues mira, te pondré un ejemplo. A veces, descubren un prodigio en la historia o en el arte. Imagínate: una cámara mortuoria egipcia que, por avatares del destino, no fue saqueada... y además, se selló generando un microclima que ha mantenido los frescos intactos. No sé si me ves venir...
-Continúa.
-Pues yo me siento un poco así. He estado mucho tiempo, toda mi vida afectiva, rodeado por un microespacio de ésos. Cuando se han abierto las puertas, lo que ha salido fuera ha sido una persona que siente, tal vez, con la intensidad de un hombre joven... pero que tiene la experiencia de un adulto. Ilusión y experiencia, es lo que piden las grandes compañías para contratarte. ¿No es eso magnífico?
-Para ti, ahora, no lo está siendo. Para los otros tampoco ha sido un elemento decisivo, parece...
-Ya. De eso te quiero hablar luego. ¡¡Puff!! Este hábitat es tan peculiar... Abunda la visión inmadura de la vida y de la sexualidad, el pánico al compromiso, el miedo a la naturalidad y casi al hecho de pasar desapercibidos. Gente a la que yo conozco, por ejemplo, no suele hacer el amor. Vamos, ni siquiera folla: directamente, se masturba en culo o boca ajena... Por eso tienen éxito los cuartos oscuros, las saunas... Y no son cuatro o cinco: el porcentaje es desgraciadamente elevado.
-...
-Aunque bueno, yo también tengo lo mío... yo también soy peculiar.
-¿En qué sentido?
-Pues soy un cerebro femenino en un cuerpo muy masculino. Y a más de uno, eso le ha inducido a la confusión. Y no descarto que esté en la base del último caso, también. ¿Sabes? Hace poco me dijo un chico que se había acercado a mí pensando que era “un activazo de los que revienta a siete en una noche”... y luego vio, según sus palabras, a un tío encantador, buen conversador, culto, simpático y hasta cariñoso. Se quedó descuadrado.
-Encantador, buen conversador, culto, simpático y cariñoso. ¿Dónde está el problema?
-En ofrecer un producto caduco, valorado por cuatro gatos que, además, no sé en qué tapias se reúnen para maullarle a la luna...
-Hay más de cuatro, te lo digo porque lo sé. Pero además, ¿preferirías eso? ¿Ser un “activazo que revienta a siete”?
-Eh, eh, no he dicho que no lo sea, ¿eh? Digo que soy mucho más que eso, jajaja.
-Jajaja, vale, vale, pero respóndeme a la pregunta.
-Pues no. De hecho, hay una diferencia entre “reventar a alguien” y “amar a alguien”. Si me das a elegir, prefiero amar que follar... aunque también follo, ¿eh? Y cuando amo, mi tendencia natural no es a reventar, ni tampoco al revés. Creo que entonces el asunto va de otra cosa...
-Explícate.
-Pues que el sexo es sexo, y a todos nos gusta canalizar nuestros morbos y disfrutar. Pero cuando amas a alguien, cuando tienes la mirada o el nombre de ese alguien calado en tus huesos, vas con cuidadito de no violentar... Se me caen los huevos al suelo, y perdón por la expresión, si una pareja me dice “Carlitos, frena que te estás pasando. Por ahí no”. Todo lo más, al revés. Voy poco a poco y espero a que me pidan, igual que yo pido. Comunicación.
-Así debe ser. Se va construyendo, se va conociendo el cuerpo de la otra parte, y también su visión de las cosas, y todo ello te hace disfrutar más. Así lo que te llevas a la cama no es sólo un cuerpo: es una persona. Y te sientes querido y respetado.
-¿Querido? ¿Respetado? ¿Personas? No sé, esos términos me resultan tan ajenos a esta realidad en la que me muevo...

(...)

Psicoterapia (I)



Busco un lugar en esta ciudad,
donde esconderme de la corriente que me lleva.
Río de lava que todo lo arrasa,
floto en el tedio, oscuro viaje hacia el infierno.
Busco ese lugar...

Dime la verdad, poco me queda;
querría perderme, huir para siempre, echar a volar.
Lluvia de otoño, qué tarde llegas,
haz que en la arena que me rodea crezca la hierba.
Dime la verdad...

Y descubrir que algo se mueve junto a mí;
y decidir sobre la marcha adónde ir;
y despertar, abrir los ojos y encontrar, que nada sigue igual.

Busco un refugio en el camino,
donde a solas pasen las horas y tengan sentido.
Ven a mi cama, duerme conmigo,
entra en mis sueños porque hace tiempo que me he perdido...

Ven a mi cama. Duerme conmigo...

Jarabe de Palo. Duerme conmigo.

martes, noviembre 15, 2011

Hebras de vida




Últimamente conjugo un verbo con demasiada frecuencia: compensar. Todo lo vivido a lo largo de 2011, una sarta de hechos que transforman este año en el más difícil de mi vida, hace que me plantee si realmente merece la pena arriesgar. Si compensa intentarlo en un terreno resbaladizo como el de los sentimientos, sabiendo que caminamos con zapatos de traje por una pista de hielo.

Supongo que ahora mismo soy incapaz de arrojar un poquito de luz sobre esta cuestión: el insomnio me está matando; como poco, mal y a deshoras, mientras que la pena a mí sí que me come; la ansiedad me saca de quicio, como esos labios que besarlos era un agravio y costó el exilio a los sabios de ‘Peces de ciudad’; y además, no gano para lágrimas y pensamientos impuros, en el sentido literal de esta última expresión.

Sin embargo, cuando analizo con cierta frialdad, con algunos atisbos de neutralidad, las vivencias que he tenido a lo largo del último año y medio, hay momentos en que un esbozo de sonrisa se me dibuja en la cara. Puede que sean las primeras briznas de luz al final del túnel. Al fin y al cabo, he puesto mucho amor en todas ellas...

Hoy desayunando, recordaba aquel día en julio del año pasado. Era verano, hacía muchísima calor, pero la noche en Cartuja estaba llena de bruma, cercano Guadalquivir. Habíamos pasado la tarde juntos, fuimos a un concierto, y llegaba el momento de despedirse. Me llevó en moto hasta mi coche, que estaba solo en una inmensidad de hormigón y alquitrán. Al despedirme, le clavé la mirada. Y sin pensarlo dos veces, lo abracé. Con todas mis fuerzas, como hacía tiempo que no abrazaba a alguien: a fin de cuentas, en aquel momento éramos dos almas heridas por relaciones largas y frustradas. Lo solté, y me alejé sujetando su mano. Cuando me di media vuelta para subir al coche, me llamó: “¡Carlos!”. Giré la cabeza, y entonces lo dijo: “Dame otro”. Lo hice encantado. Más tiempo, con más fuerza. Quería que se sintiera protegido entre mis brazos. Me subí en el coche, y arranqué. Entonces fui yo quien dijo: “¡Espera!”. Eché el freno de mano, volví a clavarle los ojos y lo abracé como si me fuera la vida en ello. No hubo nada más, no tenía por qué. Ni siquiera un beso. Pero esa noche, en Cartuja, había dos personas que se daban calor humano, y que se necesitaban. Es uno de los recuerdos más bonitos que conservo... de toda mi vida, además.

Ha habido muchos más. Recuerdo como algo precioso aquel día que cierta persona y yo tratamos de mantener una relación completa en el sofá de mi casa... pero había un problema: la inexperiencia de ambos. Al final, nos dio la risa. Terminamos, pero costó :-)

También fue precioso aquel día del pasado invierno: yo estaba en casa preparando la cena, y él subió a ducharse. Bajó, para darme morbo, descalzo, con unos vaqueros y una chaqueta negra Adidas. Aquello era un tres en uno. No me pude resistir: a tomar porculo la cena. Lo cogí, lo arrinconé contra la encimera y me volví como loco: “¡¡Que nos van a ver los vecinos!!”, susurraba riendo a carcajadas. “Ya ves tú qué problema”, sentencié.

Aunque creo que pocas experiencias fueron tan sublimes como aquel día en que estaba yo boca arriba en la cama, con la cabeza sobre la almohada, y él sentado encima de mi cintura. Miré su cara de ángel, la expresión de su rostro, y me emocioné. Una lágrima resbaló por la comisura de mi ojo derecho, irrigando mi oreja antes de estrellarse en la tela esponjosa que recubría la cama. Y sobre todo, recuerdo el día que estábamos los dos dándonos un baño en casa, con el vapor impregnándolo todo, el aroma de las sales flotando en el aire y un sinfín de velitas creando ambiente. De repente, él se puso en pie para coger algo, y volvió a meterse rápidamente en el agua, muertecito de frío. Al inclinarse, emergió un pliegue en su vientre: en un vientre que formaba parte de un cuerpo fresco, de carnes prietas, y el más hermoso que he visto jamás. Creo que fue el momento de mayor excitación sexual que he vivido en mis 38 años de vida. Y él, el ser más bello y sensual que han contemplado estos ojos ahora húmedos por la emoción y el recuerdo... Lástima que nunca me creyera...

Menos tiempo hace que él me hipnotizó con su mirada azul, azul, azul. Recuerdo aquel día junto a la Torre del Oro. Estaba tan nervioso que era incapaz de mirarlo a los ojos sin sentir un poco de vértigo... incluso miedo. Me impresionó: o mejor dicho, me acojonó vivo. Aún tengo muy fresca la diferencia entre piquito, beso y morreo, o aquel amanecer en mi casa con relación completa e incidente incluido ;-)

Gigante fue ese momento en que iba yo caminando por la avenida principal de su pueblo, arrastrando mi maleta de mano. Tocó el claxon, me giré... y era él sonriéndome. Lo que sentí al ver de nuevo esos ojos fue algo indescriptible. Como también las sensaciones que tuve mientras paseábamos de la mano por “los huertos” en su ciudad natal, achispados por el vino y la plenitud de aquella vivencia. Todo ello sin olvidar aquel instante, subidos en el coche y de vuelta a casa, en que ambos teníamos constancia de que el otro se “subía por las paredes”. “Si quieres, aparco debajo de aquel puente, y...”. Le dije que sí, que sería algo nuevo para mí. Pantalones, zapatos, calcetines, ropa interior, camisas y camisetas, todo hecho un ovillo y depositado al voleo sobre los asientos delanteros. Sinceramente, nunca pensé que la parte de atrás de un vehículo diese para tanto...

Ha habido muchos más momentos: como aquella llamada desde Ljubljana, porque sabía que escuchar su voz me haría sonreír; o aquel baño en una poza de Cazorla, con sesión fotográfica incluida; o el día que intercambiamos los regalos de Reyes, y mostró esa carita de sorpresa al ver mi cama de 150x200 llena de regalos; o aquel “¿de verdad me vas a besar en la cara?”, de nuestra primera despedida; o el desayuno con tarta casera hecha por él para el día de mi cumpleaños; o aquel baño nocturno en su piscina, y todo lo que vino después (jamás olvidaré cómo me miró aquella noche); o el día que fuimos a pasear por el Corredor Verde del Guadiamar.

O la víspera de su llegada, que Servidor estaba con los nervios propios de la noche de Reyes mientras cenaba con Quique, recién despedido por los jerifaltes de su productora; o aquel momento en el M2M en que, tras desabrochar su camisa verde a cuadros marca G-Raw Star, cogió mi mano y la pasó despacito sobre su pecho terso, lampiño, duro: por unos instantes dejé de ser un hombre para convertirme en un toro... y me controlé, como siempre me controlo, maldita la hora; o aquella cena-casi epílogo en casa de Miguel, con Belinda Carlisle cantando de fondo Heaven is a place on Earth, irónicamente. Y cómo no, esos labios, esa nariz y sobre todo esos ojos azulísimos que tengo grabados a fuego en mi cerebro, y que me aún me martirizan tanto, tanto, tanto...

En todo el tiempo que ha transcurrido desde que rompimos Ch. y yo, hace año y medio, ha habido sexo con más personas: pero sólo con tres de ellas existieron sentimientos. Ahora, uno es un gran amigo, de lo mejor que ha llegado a mi vida en muchos años. Otro, a quien amé con locura, desapareció tras decirme “Para mí no eres nada, ni amigo ni enemigo: nada”. Y el otro es, en estos momentos, una herida abierta y sangrante. El tiempo dirá en qué queda todo esto. Aunque lo cierto, lo único cierto, es que en todo este camino ha existido un rosario de vivencias por el que merece la pena vivir... y tal vez, incluso sufrir. ¿Compensa? Pues no lo sé. Ahora mismo no estoy en condiciones de asegurarlo, aunque puede que así sea :-)

sábado, noviembre 05, 2011

Ofrenda personal al Apóstol Santiago. 01/11/11



Venerable patrón de España:

El peregrino que hoy se presenta ante Vos, el que se postra ante vuestros restos y abraza vuestro busto milenario, ha recorrido casi mil kilómetros en dos jornadas maratonianas para expresaros, con tanta impotencia como rotundidad, que se siente un hombre destrozado. Irritado. Perdido. Confundido. Con la insignificancia de un polluelo, y así de vulnerable, llego a este Campo de Estrellas sin saber muy bien a qué, mas sí guiado por la necesidad de encontrar la paz. Esa paz que me ha sido arrebatada, como el corazón, y sin la que en lugar de vivir, sobrevivo. O si el efecto cicatrizante del tiempo debe prolongarse un poco, y entiendo que así sea, que al menos pueda percibir las sensaciones positivas que estas piedras ocres y su olor a mojado siempre han transmitido a mi percepción del mundo y de la vida.

El hombre que hoy os visita recuerda insistentemente aquellos primeros versículos del Génesis: “La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, mientras que el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas. Y dijo Dios: hágase la luz. Y la luz se hizo”. Tranquiliza la constancia de que Dios se halla oculto en los lugares más insospechados; o de que sabe moverse en las tinieblas como pez en el agua, igual que escribe derecho sobre renglones torcidos, y acaba de demostrármelo hace apenas tres semanas.

La experiencia, Señor, nos dice que el paso de las tinieblas a la luz resulta en ocasiones milimétrico; cuestión de segundos, casi. Sin embargo, el camino inverso también se puede recorrer con la misma velocidad. Y así ha sido en mi caso. El santo Job era “perfecto y recto, temeroso de Dios y apartado del mal”. Yo no alcanzo tal nivel, como sabéis; ni en virtudes, ni en paciencia. Aunque sí creo, y permitidme que os lo diga, que existe algún tipo de desajuste entre lo que doy y lo que recibo a cambio. Al menos en ciertas parcelas de mi vida, ni mucho menos intrascendentes.

Como sabéis, Santo Apóstol, peregrino ahora en un desierto de hostilidad y rudeza. He sido justo, y crucificado. Las cosas no han tenido una evolución lógica, y el daño ha sido ingente. Azotado por la desesperación y el dolor de alma y cuerpo, yo también he mirado al cielo gritando, con lágrimas en los ojos: “Padre, te lo suplico, aparta de mí este cáliz”. Un cáliz lleno de hiel y de injusticia en el que, disueltas mi inocencia, mi entrega y mis esperanzas, se ha elaborado un cóctel amargo que ingiero a sorbos pequeños.

He sido yo también quien, acosado por el peso de una mente en continua ebullición, escuchó en sus oídos la voz del mal, que clamaba por tratar de enmendar lo inenmendable, o por intentarlo al menos, a costa de lo que fuese. Un cheque en blanco, de nuevo: “Apártate, Satanás –balbuceé como pude, sin convencimiento-, pues no sólo de paz vive el hombre”. Por muy ansiada que nos resulte, la paz no vale más que la razón, o la autoestima. Y por eso debo seguir mi camino, aunque no os niego, Señor, que preferiría recorrerlo de otro modo.

Tampoco ocultaré, en todo caso, la conexión entre la situación que atravieso actualmente y el estímulo que para mí representa el amor: siempre que sea buen amor. He hecho verdaderas estupideces bajo el signo de Cupido, con todos sus aderezos de idealismo y romanticismo, que casi nunca han sido correspondidas. Siempre he pensado que yo soy fuerte, que puedo aguantar un poco más, entregarme un poco más, y sin apenas plantearle exigencias a la otra parte. Estulticia supina, pero sangre en las venas, a fin de cuentas. Sangre mal entendida, ciertamente.

¿Sabéis? Hace unos días, mientras recorría las bóvedas de la Catedral de Sevilla, mi ciudad, durante una visita turística, dedicamos unos instantes a transitar sobre las cinco veces centenaria cúpula de la Capilla Real. Asomado al cupulín plateresco que la remata, traté de contemplar la belleza que atesora esa sala en forma de estucos repujados, mármoles y orfebrería barroca. Sin embargo mi interés, mi mayor interés, radicaba en encontrar de una ojeada la tumba de Alfonso X el Sabio, que allí descansa: “¿Sabes, mi regio hermano?”, pensaba decirle. “Tú y yo tenemos muchas cosas en común. Ambos amamos la literatura, usamos la lengua gallega, tuvimos un padre severo y fuimos, de un modo u otro, traicionados por un hermano. Sin embargo, hay un elemento que es el que más nos une: y es que nuestros cuerpos están en Sevilla, pero nuestros corazones yacen en Murcia”.

Así es, Señor Santiago. El rey castellano, al que bien conocéis porque el Camino que conduce hacia estos muros románicos fue un tema recurrente en sus Cantigas, es un cadáver hueco. Yo también me siento así. No tiene entrañas, ni corazón. Yo ahora tampoco. En el caso del monarca toledano, ambos elementos fueron extraídos hace siglos y trasladados al templo catedralicio de esa ciudad levantina, no sé muy bien por qué. Allí ocupan una pequeña urna gris que custodian dos maceros pétreos, vigilada también de soslayo por la Virgen de la Fuensanta cuando baja en septiembre desde la sierra. Hace unas semanas pude contemplar ese pequeño catafalco con mis propios ojos, y bajo la mirada sublime y azul, perfecta y siempre inspiradora de mi órgano motor, que no está momificado, sino vivo y errante, aunque ya fuera de mí para siempre.

Supongo que sois consciente de la dureza de este asunto: por eso hoy por hoy, para mí, la paz es imposible. Cuando voy al trabajo por las mañanas, todavía sigo mirando día tras día hacia el lugar donde me sonrió por primera vez, con la absurda esperanza de encontrarlo ahí algún día, mostrándome la perfección de su perfecto rostro, mirándome, dándome un baño asfixiante de su vitalidad azul, azul, azul. Pero llegará: no él, sino esa paz anhelada, como llega todo.

Lo bueno del corazón, insigne Señor, es que puede ser fabricado de nuevo y volver a latir. No quiero un repuesto, pues la lección queda bien aprendida para mucho, mucho tiempo. Simplemente necesito fuerza y materiales para ir creando uno, esta vez intransferible, que me permita comprender una máxima: y es que todo aquello que depende de nosotros mismos es, y será siempre, nuestro bien más seguro. La abnegación es peligrosa en algunos terrenos, y las oportunidades hay que darlas con cuentagotas y a quienes acrediten méritos, interés verdadero y constancia contrastada. Todo lo demás, y ya lo decía el Eclesiastés, es “vanidad de vanidades”.

Deseo, por tanto, que mi fuerza de voluntad, antes infranqueable y consistente cual muralla medieval, vuelva a ser firme y segura como aquella columna que, según la tradición cristiana –y así lo enuncia vuestro himno-, os entregó la Madre de Jesús, a orillas del río Ebro. Ese pilar, símbolo de la fortaleza extrema que necesitamos para afrontar los momentos difíciles, será una inspiración para mí. Desfallecer es caer al Ebro y perderse en sus turbias y turbulentas aguas. Perseverar, por el contrario, es agarrar con fuerza el báculo y la venera para caminar hasta vuestras insignes plantas, haciendo frente a los contratiempos que el camino pueda brindarnos, por duros que estos sean.

Soy peregrino y mensajero de vocación como sabéis, pues me habéis visto crecer en uno y otro aspecto. Sin embargo, los hechos vividos y la percepción que tengo de lo que me rodea hacen que me sienta, como Vos, en continua tierra de infieles. La Celtiberia que os recibió en el siglo I es revivida por mí con relativa frecuencia, cada vez que descubro que el ahora lobby al que pertenezco, sin haberlo elegido, está formado por demasiadas gentes básicas, de corte tribal y escaso interés en los valores humanos, como el pueblo que os comenzó rechazando en los albores del Cristianismo.

Atravesar patrias hostiles nunca es fácil, Señor. Lo sabéis. La historia está llena de ejemplos. Pero Vos sois un estímulo para quienes, con determinación, claridad de ideas y confianza en el destino, afrontamos los rigores de la ventisca abrazados a nuestra esclavina y envueltos en una capa. Frágiles y agotados, pero con determinación. Porque si algo me ha enseñado mi experiencia peregrina es a disfrutar del camino, sin obsesionarme por alcanzar la meta. Y a tener claro que en el hábito de peregrino se halla todo lo necesario para culminar con éxito nuestro periplo vital. De nosotros depende, Santo Apóstol. De nosotros. Sólo de nosotros... Ahora lo sé. He tardado en aprenderlo, pero la lección está impartida y asimilada gracias a una vertiente práctica tan desafortunada como intensa. Pero lección ha sido, al fin y al cabo. Aun así, caminamos por la senda con la esperanza de encontrar a quien nos acompañe en el trayecto hasta Compostela. Porque aún, y en eso no han cambiado los tiempos, sigue sin ser bueno que el hombre esté solo...

Antes de solicitaros vuestra bendición apostólica para todos mis familiares y amigos, extensiva de un modo muy especial a mi hermano Juan José por razones que a Vos no escapan, quisiera pedir públicamente perdón por el daño que en estas últimas semanas haya podido infringir a los miembros de mi flota: pues reconozco que a veces me ha podido el egoísmo del sufriente, reprobable aun siendo lícito. Del mismo modo, quisiera dar las gracias nuevamente por el apoyo recibido desde todas y cada una de esas personas que tanto me han demostrado, y me siguen demostrando, a raíz de lo ocurrido. Gracias. Os ruego que anotéis en buen lugar la generosidad de corazón y el carácter incluso compasivo, y siempre empático, que han tenido conmigo.

Que el sol vuelva a salir, más pronto que tarde. Esa es la petición que os dejo antes de volver a casa. Pero sobre todo, insigne patrón, quiero pediros algo mucho más complejo: que se fortalezca mi esperanza, ahora muy debilitada. Soy macareno, y sé de buena tinta que la vida es menos hermosa cuando el verde se vuelve pálido. No se puede vivir sin esperanza, venerable Apóstol. Porque es ella, y no el corazón, la que de verdad nos mueve y nos invita a sonreír cada mañana.

Quiera Dios que la sonrisa pueda brotar de nuevo en mi rostro; que los pájaros canten en mis sueños; que la paz se instale en mi alma, y que la serenidad y el descanso impregnen por fin mi espíritu, ahora hecho jirones y cenizas.

Que así sea.

jueves, noviembre 03, 2011

Promesas que no valen nada




Lo prometí, sé que te lo prometí. Juré que mis pies no traspasarían de nuevo el límite de la Rosa de los Vientos coruñesa sin ir agarrando tu mano. Que algún día, tú y yo nos sentaríamos casi al borde del precipicio y veríamos romper las olas bajo nuestros pies. Que esa inmensidad azul, azul, azul, y las briznas blanquecinas de salitre en suspensión estarían creadas sólo para nosotros, convertidas en mera comparsa de un escenario donde lo importante sería nuestro amor. Allí, mis ojos te iban a gritar, silentes, que no hay lazos más sólidos desde San Vicente a Finisterre, o viceversa. Que eres lo mejor que me ha pasado en la vida, y el manto vegetal de margaritas bicolor sería testigo de tal prodigio.

Te lo prometí, es cierto. Hace ahora quince años. Juré que traspasando la aguja que señala hacia América te esperarían mis labios, una y otra vez. Y mis brazos, siempre. Que te sujetaría por detrás con la fuerza de un torpedo, y tú sentirías que el océano bravío no todo lo puede. Que hay evidencias más rotundas que el rugido del mar. Que susurraría a tu oído palabras para hacerte sentir único. Único en el mundo. En los cielos, en la tierra, en los mares, en el abismo. Único y privilegiado. Porque era imposible quererte más y mejor.

Es verdad. Te dije que frente a la inmensidad atlántica haría una promesa de amor, quizás eterno, pues quién como tú. Sentirías que atrapado por mis salomónicos brazos nada malo podría ocurrirte, por grandes que fueran las olas, o severa la tempestad. Y cerrarías los ojos para percibir el calor de mi pecho, desnudo y descamisado, o la calidez de mi rostro anejo al tuyo. Que las lágrimas, insostenibles ante la grandeza de todo lo que nos une, eyacularían hacia el norte, hacia el sur, hacia el este y el oeste, como esperma que ansía por fecundar y dar vida. “Te quiero. Porque es imposible no hacerlo. Porque ni puedo ni deseo evitarlo". ¿Lo recuerdas? Lo prometí aquel día, en el nombre de la tramontanta, del siroco, del poniente y del mistral, y junto a los oxidados restos del petrolero Mar Egeo, tocado y hundido frente a la costa irregular y rocosa, a diferencia de nuestros lazos, renacentistas y sólidos.

Sí, te lo prometí, pero no voy a cumplirlo: porque el problema, el verdadero problema, es que aún no sé quién eres. Y de hecho creo que ni existes...